Decía el poeta español León Felipe, desde la amargura del exilio provocado por nuestra guerra civil, preludio de la segunda gran guerra europea: “de todas las historias de la historia, la más triste sin duda es la de España…” Se podría aplicar, con distintos matices y semejantes motivos, al resto de nuestra vieja Europa, cuya historia adolece igualmente de expansiones y ambiciones imperiales, crueles dominios ajenos, odios cainitas y luchas fratricidas, especialmente cruentos, crueles y destructivos en la primera mitad del pasado siglo.
Tuvimos (y tenemos), sin embargo, motivo de esperanza, propósito de concordia, marco y afán de reconstrucción y reformulación, tras la terrible confrontación y las secuelas del último episodio de destrucción que dejó la (esperemos que también última) gran guerra. Lo tuvimos en la implantación (y su progresivo y paulatino desarrollo y construcción) de esta Unión Europea, incompleta y a veces errática, que ha permitido, sin embargo, dejar atrás el pasado de agresiones mutuas entre sus pueblos y, aún hoy, constituye una isla de paz, equilibrio social y prosperidad, por relativos y frágiles que estos sean. Lo serán, dado que no somos, ni podemos ser, ajenos al ruido y la furia que hoy nos rodean, caracterizaron y precedieron. Merece la pena valorarlos y defenderlos.
Para nuestro solar ibérico y sus dos estados, lo merece especialmente. Se dará cuenta cualquiera que haya padecido, recuerde o se haya informado de las condiciones de vida en la España cutre, aislada, carente de todo, menos prohibiciones, arbitrariedades y abusos, durante la larga y estéril dictadura, mientras el resto de Europa se recuperaba, avanzaba y progresaba, tanto en lo económico, como en derechos y libertades. No menos importante, y desafiante, en concordia e integración.
Son hechos comprobables e incontestables, como las oportunidades que abrió para España la incorporación la la UE y las enormes y veloces transformaciones registradas, una vez dentro. Lo conseguimos mediante el esfuerzo de todos (incluyendo el especial compromiso y sacrificio de algunos), pero también contando con importantes aportaciones de recursos comunitarios, para infraestructuras (prácticamente inexistentes o muy deficientes) y distintos programas de desarrollo (mejor o peor implantados y aprovechados) en torno a los 600.000 millones de euros, desde nuestra entrada.
Esperemos que la ciudadanía, los estados, las instituciones comunitarias y sus representantes sepan organizarse y reaccionar, avanzar, reforzar lazos, corregir errores, y, sobre todo, que (la ciudadanía) tome (tomemos) conciencia de la situación, sus múltiples y graves implicaciones, se active y actúe en consecuencia.
Los europeos somos fuertes pero arrastramos debilidades, fruto de nuestra historia, pródiga en enfrentamientos y episodios desdichados, y seguimos sin resolver el desafío de la nueva Europa, tras la caída del muro, incluyendo la integración alemana y la ampliación al Este. Ahora tenemos también la incertidumbre del nuevo escenario geopolítico, con la evolución de sus actores y el resultado de los vaivenes, y la dependencia, del antaño “amigo americano”.
Ante las múltiples e insistentes amenazas, exteriores e interiores, que promueven la destrucción, desmembración, o desnaturalización, de esta asediada y (en apariencia) frágil UE, creo que es imperativo reflexionar, activar, poner en valor y afianzar sus valores, logros y fortalezas (lo que incluye detectar, señalar y corregir errores), así como combatir y denunciar a los grupos de diverso pelaje, colectivos e intereses, con sus engaños y maniobras interesadas, explícitas o solapadas, (también chantajes e intentos de extorsión de tinte mafioso) que la acechan.
España tiene en este nuevo escenario importantes desafíos que no se superan destruyendo el consenso mínimo para ser fuertes en la UE. Tampoco despotricando ante la botella medio vacía y lanzando piedras contra su (nuestro) tejado. Todo lo contrario. IMHO
Tuvimos (y tenemos), sin embargo, motivo de esperanza, propósito de concordia, marco y afán de reconstrucción y reformulación, tras la terrible confrontación y las secuelas del último episodio de destrucción que dejó la (esperemos que también última) gran guerra. Lo tuvimos en la implantación (y su progresivo y paulatino desarrollo y construcción) de esta Unión Europea, incompleta y a veces errática, que ha permitido, sin embargo, dejar atrás el pasado de agresiones mutuas entre sus pueblos y, aún hoy, constituye una isla de paz, equilibrio social y prosperidad, por relativos y frágiles que estos sean. Lo serán, dado que no somos, ni podemos ser, ajenos al ruido y la furia que hoy nos rodean, caracterizaron y precedieron. Merece la pena valorarlos y defenderlos.
Para nuestro solar ibérico y sus dos estados, lo merece especialmente. Se dará cuenta cualquiera que haya padecido, recuerde o se haya informado de las condiciones de vida en la España cutre, aislada, carente de todo, menos prohibiciones, arbitrariedades y abusos, durante la larga y estéril dictadura, mientras el resto de Europa se recuperaba, avanzaba y progresaba, tanto en lo económico, como en derechos y libertades. No menos importante, y desafiante, en concordia e integración.
Son hechos comprobables e incontestables, como las oportunidades que abrió para España la incorporación la la UE y las enormes y veloces transformaciones registradas, una vez dentro. Lo conseguimos mediante el esfuerzo de todos (incluyendo el especial compromiso y sacrificio de algunos), pero también contando con importantes aportaciones de recursos comunitarios, para infraestructuras (prácticamente inexistentes o muy deficientes) y distintos programas de desarrollo (mejor o peor implantados y aprovechados) en torno a los 600.000 millones de euros, desde nuestra entrada.
Esperemos que la ciudadanía, los estados, las instituciones comunitarias y sus representantes sepan organizarse y reaccionar, avanzar, reforzar lazos, corregir errores, y, sobre todo, que (la ciudadanía) tome (tomemos) conciencia de la situación, sus múltiples y graves implicaciones, se active y actúe en consecuencia.
Los europeos somos fuertes pero arrastramos debilidades, fruto de nuestra historia, pródiga en enfrentamientos y episodios desdichados, y seguimos sin resolver el desafío de la nueva Europa, tras la caída del muro, incluyendo la integración alemana y la ampliación al Este. Ahora tenemos también la incertidumbre del nuevo escenario geopolítico, con la evolución de sus actores y el resultado de los vaivenes, y la dependencia, del antaño “amigo americano”.
Ante las múltiples e insistentes amenazas, exteriores e interiores, que promueven la destrucción, desmembración, o desnaturalización, de esta asediada y (en apariencia) frágil UE, creo que es imperativo reflexionar, activar, poner en valor y afianzar sus valores, logros y fortalezas (lo que incluye detectar, señalar y corregir errores), así como combatir y denunciar a los grupos de diverso pelaje, colectivos e intereses, con sus engaños y maniobras interesadas, explícitas o solapadas, (también chantajes e intentos de extorsión de tinte mafioso) que la acechan.
España tiene en este nuevo escenario importantes desafíos que no se superan destruyendo el consenso mínimo para ser fuertes en la UE. Tampoco despotricando ante la botella medio vacía y lanzando piedras contra su (nuestro) tejado. Todo lo contrario. IMHO